ÓSCAR MARTÍNEZ.– Seguramente ya habían colonizado mi mente los estribillos que buscaban un centro de gravedad y no paraban de danzar en torno a una estancia que yo imaginaba llena de jarrones de la dinastía Ming, porcelanas que había que procurar no derribar; tal vez por ese motivo cuando cumplí 15 años me regalaron un disco (ahora se les llama, con mucho misterio, “vinilos”) de ese cantante, cuyo rostro entre tímido y bondadoso de niño antiguo me miraba desde la funda de cartón. Como las otras, también tomó asiento en mi mente una canción de ánimo viajero que hablaba en su título de gentes sin reposo –de hecho es mi favorita, dentro de mi conocimiento muy superficial de lo que ha sido su producción musical–; sin embargo, fue otra la que por su música de un cierto recogimiento religioso y, sobre todo, por lo magnético de su letra, la que me hipnotizó: Fisiognómica, la que daba título al disco: “Leo dentro de tus ojos –en la versión española del álbum, que es la que me regalaron–, en el trazo de la boca, si eres dispuesto al odio, o a la indulgencia, en el rasgo de tu nariz, si eres orgulloso, fiero o bien vil, los dramas de tu corazón, los leo en las manos, en tus falanges derroche o tacañería…”. El poder de la adivinación a través de la cuidadosa observación. O algo así.

No es casualidad que cuando Luis, editor junto a Elena de Mármara Ediciones (https://marmaraediciones.es/) me propuso colaborar con su maravilloso proyecto editorial dirigiendo la colección de clásicos ‘El hilo de lana’, pensara inmediatamente en el título pseudoaristotélico que me remitía automáticamente a aquellos años, a aquella canción, a aquel cantante y compositor: la Physiognomonika debida a algún discípulo de Aristóteles, que constituye el primer tratado sobre fisiognomía que se conserva de la Antigüedad.

Fisiognómica es el primer intento de elaboración de paradigmas estables de interpretación de las señales que aportan las cualidades físicas para identificar, a partir de estas, las morales. Aquí va un ejemplo en traducción de Jorge Cano Cuenca y en memoria de Franco Battiato y de aquellos tiempos que no volverán, no regresarán más: “Los rasgos del mezquino: sus miembros son pequeños, finos, los ojos pequeños, como el rostro, también pequeño, semejante a uno de Corinto o de Léucade. Los brazos de los jugadores de dados son cortos, como los de los bailarines. Los injuriantes tienen el labio superior levantado; su postura es inclinada hacia delante y son rojizos. Los compasivos son delicados, pálidos de piel, con los ojos brillantes y con la parte superior de la nariz arrugada; siempre están llorosos. Les gustan las mujeres y, asimismo, suelen engendrar hembras; son sensuales de carácter; proclives a recordar, vigorosos y de temperamento cálido”.